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El Drama Noticias | De la caída del Muro a la caída de las Torres Gemelas: La fiesta duró 12 años

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La democracia liberal ha triunfado, proclamaban EU y sus aliados, …”y con ella las revoluciones sangrientas y el fin de la historia”, escribía Francis Fukuyama en su archifamoso ensayo. En esos excesivos y ruidosos noventa nadie dentro de la fiesta escuchó el estallido de las guerras de independencia en la antigua Yugoslavia en 1991, que degeneró en una limpieza étnica en Europa como no se veía desde los nazis. Nadie escuchó las pedradas lanzadas por los palestinos durante la Intifada ni el silbido de las balas de los soldados de las fuerzas de ocupación israelíes, ni mucho menos el sonido sordo del rencor del mundo musulmán, al ver las tropas de los “infieles” pisoteando, en ese turbulento arranque de los noventa, la tierra del profeta durante la Primera Guerra del Golfo para expulsar a los iraquíes de Kuwait

Si el siglo XX acabó el 9 de noviembre de 1989, con la caída del Muro de Berlín, y el siglo XXI comenzó el 11 de septiembre de 2001, con la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, ¿qué pasó en ese intervalo de 12 años? Ocurrió que Occidente se fue de parranda para celebrar que había ganado la Guerra Fría al comunismo, mientras bailaba sobre las ruinas de la extinta URSS, que colapsó en 1991, y se burlaba de forma insolente del resto del mundo que no estaba invitado a la fiesta.

La democracia liberal ha triunfado, proclamaban EU y sus aliados, …”y con ella las revoluciones sangrientas y el fin de la historia”, escribía Francis Fukuyama en su archifamoso ensayo. En esos excesivos y ruidosos noventa nadie dentro de la fiesta escuchó el estallido de las guerras de independencia en la antigua Yugoslavia en 1991, que degeneró en una limpieza étnica en Europa como no se veía desde los nazis. Nadie escuchó las pedradas lanzadas por los palestinos durante la Intifada ni el silbido de las balas de los soldados de las fuerzas de ocupación israelíes, ni mucho menos el sonido sordo del rencor del mundo musulmán, al ver las tropas de los “infieles” pisoteando, en ese turbulento arranque de los noventa, la tierra del profeta durante la Primera Guerra del Golfo para expulsar a los iraquíes de Kuwait.

Pero quien siembra viento recoge tempestades. Sólo faltaba tener paciencia porque la venganza es un plato que se sirve frío. Diez años esperó Osama bin Laden a que los invitados de la fiesta de Occidente durmieran la borrachera y ordenara a un comando de Al Qaeda despertarlos de la forma más terrible posible.

Las imágenes en directo de las Torres Gemelas colapsando tuvieron el mismo impacto en la opinión pública mundial que las del Muro siendo derribado por la multitud. Sólo que las que vimos en Berlín, tal día como hoy hace 30 años, eran la cara visible de una misma moneda, mientras que lo ocurrido hace 18 años en Nueva York era la cara oculta, la que no llegó a ver Fukuyama, la que nos despertó al grito de “el fin de la historia es una quimera, mientras la fiesta no sea para todos”.

Y cuando Occidente despertó, crudo, reaccionó con furia —guerra en Afganistán, invasión de Irak…—, sin querer saber qué había pasado mientras dormía la mona, y desde luego, sin querer corregir errores de los que ahora estamos pagando las consecuencias.

Uno de los errores más graves fue creer que todos los que vivimos en democracias más o menos liberales estuvimos invitados a la fiesta. Nada más lejos de la realidad: El liberalismo degeneró pronto en neoliberalismo y excluyó a la mayoría de los ciudadanos. ¿De qué sirve votar libremente y pagar impuestos si la riqueza no se reparte equitativamente, si las crisis económicas las pagan las clases medias y bajas, y no los que las provocaron, si la corrupción de los políticos no se castiga y si los poderosos pueden saquear las arcas impunemente y guardar nuestros millones en paraísos fiscales?

Mientras Occidente invitaba a la fiesta a tiranos —para la infamia la foto del coronel libio Gadafi agasajado en el Palacio del Elíseo—, sus opositores eran torturados en cárceles y sus empobrecidos súbditos rumiaban de ira, a la espera de alguien encendiera la mecha de la Primavera Árabe.

Si vemos estos días a jóvenes chilenos o libaneses revolucionados en la calle es porque se han hartado de limpiar los baños donde sus dirigentes y los privilegiados seguían de fiesta hasta hace pocos días, mientras les subían las tarifas del transporte público para que regresaran exhaustos a sus casas.

A treinta años de la caída del Muro de Berlín no sólo no acabó la historia, sino que ésta engendró personajes como Donald Trump, empeñado en levantar muros para que no acabe la historia.

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